octubre 25, 2010

opciones

A veces me pregunto a mí mismo si es que tengo opciones a elegir. ¿A dónde coño se supone que voy si ni si quiera consigo recordar con claridad de dónde vengo?

¿Quién se acuerda de mí y a quién he de recordar? No basta con un papel que te diga el lugar de tu nacimiento o con un pasaporte que lleva tu foto impresa. No resulta suficiente cuando me miro al espejo y estoy más perdido que nunca, quedándome inmóvil mirando mis rasgos faciales como si mañana no fuese a conocerlos.
Vivo en medio de una nación cuyas lenguas no me pertenecen, pero son las más familiares para mí. Me desencajo y vuelvo a encajar con cada intento por realizarme en una familia a la que escasas cosas me unen. Me saturo y preocupo de problemas ajenos mientras los míos se acumulan gota a gota más cercanos cada vez a explotar en mi cabeza.
Necesito saber que estoy vivo más allá de lo que condiciona la biología; que alguien me busque y esté allí para mí, que me entienda, que me hable y me escuche y que nunca me corte las alas para volar siempre que quiera, que al cantar mi voz se funda entre sus neuronas y reconforte todas y cada una de las células que componen su cuerpo, que al abrazarnos seamos más que dos cuerpos cercanos en un plano infinito.


¿Me dices ahora quién soy? Una simple prenda o unas vulgares gafas podrían confundirme para siempre... Y bien, ¿Qué opciones tengo?

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